La Historia de Martín

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Todos estos “casi” y su inteligencia hizo que su diagnóstico se extienda y, entonces, se atrasara el inicio de su tratamiento.

Mamá de Martín

CASO CLÍNICO, RELATO DE UNA MAMA

Nuestra historia no debe ser muy diferente a la de muchos papás de nenes con TEA.

Cuando Martín nació era un nene muy simpático y  hermoso. Hasta los 2 años hizo lo esperado por los médicos (léase pediatras). Él señalaba, nos miraba, se reía (por suerte nunca dejó de hacerlo) le gustaba y le gusta que lo abracen y lo besen, pero (el doloroso pero) con su papá notábamos unas ausencias, cuelgues o idas a “otro mundo”. Un problema en el habla, (al cual, con el tiempo, le pudimos poner un nombre: ECOLALIA). Una ausencia casi total de lenguaje creativo (para Martín era imposible contarnos que le pasaba o sentía) y una falta casi absoluta de juego simbólico, casi ni tocaba los juguetes es más nunca le interesaron ni siquiera para apilarlos ni ponerlos en fila.

Martín es súper inteligente, maneja la computadora desde los 2 años y a esa edad ya contaba hasta 50.

Todos estos “casi” y su inteligencia hizo que su diagnóstico se extienda y, entonces, se atrasara el inicio de su tratamiento.

Así empezó el recorrido de neurólogos (8 en total), fonoudiólogos, estimuladores, etc. Volvíamos mal de cada uno de los que nos daba un diagnóstico de  TGD y felices de los que nos decía: “es chico”, “es varón y los varones tardan más”. A los 2 años y medio de Martín nació su hermana: una nueva excusa para no afrontar la realidad: “Está celoso y no puede expresarlo”.

Para nosotros, los papás es más fácil creer que todo esta genial aunque la mayoría sabe que no es así. Algunos accionamos más rápido y otros no pueden, necesitan más tiempo.

Como no dábamos en la tecla, mi mamá, como cualquiera abuela que veía que las cosas no avanzaban decidió consultar con una amiga que casualmente (o causalmente) trabajaba como terapeuta de chicos con TEA. La licenciada Kupersmid o Sandra, para nosotros. Después de un cambio de neurólogo más la evaluación de la licenciada Kupersmid llegó el diagnóstico: TGD no especificado y ese click; el que mucho necesitábamos para caer en lo profundo (porque lloré… no tienen idea de cuánto lloré o quizás la tienen porque les sucedió o les está sucediendo lo mismo). Tomamos impulso y subimos con más fuerza.

Sacamos el certificado de discapacidad (un gran paso y un gran peso) y en dos meses nuestra obra social apeló el tratamiento que comenzó en Junio del 2011.

Una a una se fueron superando las cosas más difíciles desde lo conductual (algunas siguen en menor intensidad o han cambiado) y aunque seguimos trabajando. Martín es un nene que puede ir al cine, al teatro, a una marcha por sus derechos casi sin berrinches ni molestias. Su vida transcurre en armonía y es, lo más importante, un nene feliz.

El jardín nos puso muchas trabas para que Martín acuda con su terapeuta. Tantas cosas me dijeron, entre ellas que Martín tenía TGD por mi culpa. Afortunadamente ya había pasado la etapa del duelo en donde me culpaba y pude enfrentarme (con educación pero sin tregua) a esos argumentos que sin duda no hacen más que lastimarnos como madres y no suman absolutamente nada.

Finalmente luego de reuniones infinitas y discusiones variadas, cedieron, Martín  pudo empezar el jardín con la integración del equipo de Sandra y para fin del año tuvo su maestra integrada de la escuela especial.

Este año Martín empezó primer grado (no sin previo veredicto de que no podía, que no era normal, que no tenía las mismas capacidades de los demás, etc.) En la escuela está cada día mejor y en sus tratamientos continúa avanzando sin parar.

No tengo dudas de que mi hijo es especial, él y cualquier hijo es especial.

Martín es rubio de ojos marrones, tiene autismo, le gusta el básquet, leer, la música, etc.

Tener TEA es parte de su personalidad, una parte importante, no lo niego pero para mi solo es algo más de todo lo bueno que tiene.

Nos enseñó como familia y personas que debemos tener más paciencia, a hablar fácil y sin gritar, que el mundo puede ser hostil pero que hay mucha gente que vale la pena y con esas personas es con las que hay que compartir el camino, ese camino donde somos todos diferentes… pero no menos.

Gracias  a mi mamá por que pone todo de si para que sus hijos y sus nietos sean felices. A mi papá por consentirnos. A mis abuelos por estar siempre y por su ejemplo de vida. A mis hermanos por ser los mejores tios y mis dos pilares. A mis suegros por ser tan compañeros. A Sandra Kupersmid por la contención, por estar y acompañar.

A Ivana Ferraris, Daniela Giachi, Florencia Scola, Romina Del Rio, Guillermina Quiroga, Lucas Estera, Mariano Vilella y Romina Dopazo por el amor que le brindaron y le brindan a mi hijo, por las charlas, los mates (a veces feos, lo confieso), por hacernos sentir una partecita de su vida.

A Daniel por ser mi compañero y por aprender, cada día juntos, a ser mejores papás.

A mi hija Aylén por su chispa, su humor, su paciencia (e impaciencia) por ser terapeuta y la hermana más divina del mundo.

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